El Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios…

8 de Febrero de 2010 por Alfonso

Del primer libro de los Reyes 8, 1-7. 9-13

 

En aquellos días, Salomón convocó a palacio, en Jerusalén, a los ancianos de Israel, a los jefes de tribu y a los cabezas de familia de los israelitas, para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David, o sea Sión. Todos los israelitas se congregaron en torno al rey Salomón, en el mes de Etanín (el mes séptimo), en la fiesta de las Tiendas. Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes cargaron con el arca del Señor, y los sacerdotes levitas llevaron la tienda del encuentro, más los utensilios del culto que había en la tienda. El rey Salomón, acompañado de toda la asamblea de Israel reunida con él ante el arca, sacrificaba una cantidad incalculable de ovejas y bueyes. Los sacerdotes llevaron el arca de la alianza del Señor a su sitio, al camarín del templo, al Santísimo, bajo las alas de los querubines, pues los querubines extendían las alas sobre el sitio del arca y cubrían el arca y los varales por encima. En el arca sólo había las dos tablas de piedra que colocó allí Moisés en el Horeb, cuando el Señor pactó con los israelitas, al salir de Egipto. Cuando los sacerdotes salieron del Santo, la nube llenó el templo, de forma que los sacerdotes no podían seguir oficiando, a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba el templo. Entonces, Salomón dijo: «El Señor puso el sol en el cielo, el Señor quiere habitar en la tiniebla; y yo te he construido un palacio, un sitio donde vivas para siempre.»

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

El pasaje que contemplamos nos lleva a ese punto
en el que la realización de la historia es un hecho.
Todo un proceso culmina.
La entronización del Arca en el Templo
supone el cumplimiento del deseo expresado
por Dios a Moisés en  medio del desierto,
después de recibir las Tablas de la Ley.
“Me harán un santuario, dice el Señor, y habitaré entre ellos”.

Quienes nos acercamos con frecuencia
a las Escrituras Santas,
para descubrir en ellas las claves
de nuestro caminar como pueblo de Dios,
por donde miremos la historia de Israel
nos encontramos con la misma realidad.
Es el pueblo de un Dios presente en medio de ellos,
que camine por donde camine le acompañará siempre.  

En el Sinaí, Dios ha descendido,
no sólo para darles una Ley
que les sirva como “norma de vida”,
sino para quedarse con ellos.
El Arca que guarda la Ley será su memoria
hasta que el pueblo madure
y de él nazca el “autor de la vida”.

Si el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios,
peregrinó con su pueblo por el desierto,
desde el Sinaí hasta que éste se asentara
en la Tierra Prometida,
ahora será el pueblo quien peregrine hasta Jerusalén,
para encontrarse con Él en el Templo que guarda su memoria.

A partir de éste momento
los ojos de todo israelita estarán puestos en Jerusalén,
porque allí, en el Templo, le espera el Señor.
Jerusalén, “la ciudad de David”,
se convierte así en la “ciudad de Dios”
para todo creyente.

«No temas; desde ahora serás pescador de hombres. »

7 de Febrero de 2010 por Alfonso

Del evangelio según san Lucas 5, 1 -11

 

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara -un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: - «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» Simón contestó: - «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: - «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: - «No temas; desde ahora serás pescador de hombres. » Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

El texto que nos ofrece san Lucas es sumamente interesante
para comprender el proceso de toda llamada
a vivir una misión compartida,
que uno no se da a sí mismo y
que por lo tanto la recibe inmerecidamente.

Nos situamos al comienzo de la misión pública de Jesús,
en ese momento en el que elige y llama
a quienes van a ser sus compañeros y
después continuarán su misión.

San Marcos dirá en su evangelio que Jesús
“llamó a los que quiso para que fueran sus compañeros y
para enviarlos a predicar”.

No dejamos de constatar que la iniciativa
siempre es del Señor.
También aquí lo vemos.

Comenta san Lucas que Jesús
“Subió a una de las barcas, la de Simón,
y le pidió que la apartara un poco de tierra”.
No es Pedro quien le ofrece su barca
para que la utilice como medio para su predicación,
ni le propone después ir a pescar.
Pedro está en “sus asuntos”.
Tiene la vida definida y determinada.
Una familia a la que cuidar,
un trabajo para vivir,
unos amigos que conoce desde la infancia y,
aquel día precisamente, una preocupación más.
Después de haber pasado la noche bregando,
no han pescado nada.

Jesús por el contrario, no tiene otros asuntos
que los del Padre y los nuestros.
Por ello en su hacer nos tiene presentes,
como presente tiene a su Padre.

El amor del Padre llega a nosotros a través del suyo y
el designio amoroso del Padre
se llevará a cabo también con nosotros.

Veamos cómo lo se explica san Lucas.
Las primera palabras que Jesús dirige a Pedro
de un modo personal, son más que un ruego.
«Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»

Jesús invita a ir al fondo de las cosas,
a ser audaces, valientes, a
 mirar la vida en profundidad y
sin escatimar esfuerzos.

La respuesta de Pedro a las palabras del Señor,
son las de alguien pegado a la realidad concreta,
que ha luchado y ha perdido,
que espera una nueva oportunidad
para seguir viviendo más de lo mismo,
pero que no le ha abandonado la esperanza
de encontrar algo nuevo y mejor,
y que en la persona de Jesús puede verse realizado.

Simón le dice:
“Maestro, nos hemos pasado la noche bregando
y no hemos cogido nada;
pero, por tu palabra, echaré las redes.»

Para Pedro, no son los sentimientos de frustración
los que cuentan en este momento,
sino la invitación del Señor.
Se trata de una respuesta que va más allá
del cálculo y de la razón.
Su respuesta nace una confianza,
de un fiarse de quien ha escuchado hablar
con la autoridad del “Hombre de Dios”.

Con la respuesta de Pedro se establecerá un diálogo
que perdurará para siempre,
una historia impensable para él y para cualquiera
que en esos momentos presenciara la escena.

Siempre que la persona acepte la invitación del Señor y
se adentre en el proceloso mar de su vida interior,
sin renegar de nada de la vida con los demás,
se encontrará con Él,
estableciéndose ese punto que dividirá su vida
en un antes y un después.

La respuesta positiva de Pedro
se ve colmada con una pesca impensable.
La expectativas de Pedro y de sus compañeros
se han visto desbordadas, hasta el punto de experimentar
un asombro que corresponde a la percepción
de que aquello escapa a la realidad cotidiana y
aquel hombre no es como ellos.

Si comparamos este texto con otros de las Escrituras Santas,
descubrimos que el asombro que experimentan
es el de aquellos que se encuentran en la presencia de Dios.

Es admirable contemplar cómo se desenvuelve,
la escena a través de este momento.

Pedro experimenta su condición real frente a la de Jesús.
Intuye que aquella pesca
es algo más que una simple pesca abundante y
el asombro le lleva a exclamar:
“Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.”

No sabe todavía lo que dice, aunque
afirma el señorío de aquel hombre extraordinario, y
confiesa a la vez su indignidad ante él.

El temor que siente Pedro, es propio de todo hombre
que se ve en la presencia de Dios, recibe de Él
la llamada a caminar en su presencia y
le invita a compartir su misión para con los demás.

Pero las palabras de Jesús no son para temer.
Son palabras de paz.
Palabras que después de su resurrección
serán su tarjeta de presentación,
cuando se acerque a los suyos:
“No temáis”, “no tengáis miedo”.
El corazón de Pedro se pacifica al oír al Señor:
“No temas, porque desde ahora,
a pesar de tu fragilidad, vas a ser pescador de hombres.

Recuerdan las palabras del ángel a María:
“No temas, María,
porque has encontrado gracia ante Dios,
concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo,
y le pondrás por nombre Jesús”.

Pedro, como María y tantas otras personas,
no se ha postulado para nada.
Su nuevo ser no procede de sí,
sino de la gracia de quien le llama.
Su respuesta no es a una misión u oficio,
sino a un amor que le supera y le engrandece.

Da a tu siervo un corazón inteligente…

6 de Febrero de 2010 por Alfonso

Del primer libro de los Reyes 3, 4-13

 

En aquellos días, Salomón fue a Gabaón a ofrecer allí sacrificios, pues allí estaba la ermita principal. En aquel altar ofreció Salomón mil holocaustos. En Gabaón el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que quieras.» Respondió Salomón: «Tú le hiciste una gran promesa a tu siervo, mi padre David, porque caminó en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón; y le has cumplido esa gran promesa, dándole un hijo que se siente en su trono: es lo que sucede hoy. Pues bien, Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?» Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama, mayores que las de rey alguno.»

 

RESPUESTA A LA  PALABRA
 

El pasaje que la Iglesia nos ofrece hoy
para la contemplación,
junto al significado que encierra en la historia de Salomón
es muy diciente para nosotros.

Nos ofrece el autor sagrado
el inicio del reinado de un hombre,
al que si atendemos a su otro nombre, Yedidías,
es “favorito de Dios” y
si nos quedamos con el de Salomón,
significa “rico en paz” , y
cuya sabiduría es el mejor don que ha recibido de Dios.

Salomón quiere iniciar su andadura en la presencia de Dios,
a quien da gracias porque ha sido voluntad suya
que suceda a David, su padre,
a pesar de su juventud e inexperiencia.

En este gesto, Salomón manifiesta su confianza
en la actuación de Dios en los acontecimientos humanos.

Es importante darse cuenta, como vemos a continuación,
que el creyente, cuya fe es viva y personal,
se  atrever a pedir un favor concreto,
como así lo hace él.
Para ello se requiere creer que Dios no es alguien
ausente del devenir histórico de la persona,
sino que puede intervenir en la marcha del mundo,
que escucha las peticiones y que, por amor al hombre,
le responde de un modo positivo.

La petición de Salomón nace del corazón
de un hombre responsable,
que sabe de sus límites para llevar a cabo
una misión que le supera,
a la vez reconoce que sólo desde Dios
puede acceder a la verdad que le sostenga
en el ejercicio de un buen gobierno.

Salomón pide a Dios
“Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo,
para discernir el mal del bien, pues,
¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?”.

Cargado de realismo, pide un corazón inteligente,
un corazón que vea más allá de la apariencia
para discernir desde la verdad y juzgar con justicia.

Decían los filósofos clásicos que
lo que verifican nuestros ojos corporales es relativo,
que una visión puramente materialista
no alcanza a ver lo verdadero de las cosas,
pero por fortuna tenemos también el “ojo interior”,
que si está purificado,
nos introduce en el conocimiento verdadero
de la realidad de los acontecimientos y de las personas.

Para el hombre de la Biblia,
el corazón indica toda la vida interior.

El corazón reflexiona, proyecta y decide, y
por ello, si está inmerso en el dinamismo de Dios,
su hacer se ajustará a la verdad y todo él permanecerá en paz.

Para muchos, el corazón significa
la parte sentimental de la persona,
lo que hace que no puedan entender al hombre
en toda su integridad.
El corazón es el lugar dónde el hombre
se percibe a sí mismo como totalidad y
contempla el mundo como sagrado,
por lo que no puede someterlo desde la violencia.

La oración de Salomón nos debería llevar a repensar
las claves de nuestro hacer,
consecuencia de nuestro modo de pensar utilitarista.

Es triste descubrir cómo la racionalidad “instrumental”
ha sustituido al corazón,
relegándolo a un plano en el que los sentimientos
son los únicos que le mueven.

Volviendo al texto,
saltan hasta nosotros las palabras utilizadas por Salomón:
“un corazón sabio” que sea capaz de
“discernir entre el bien y el mal, la verdad y la mentira”.
Un corazón que gobierne justamente.

En realidad, Salomón nos está diciendo que en el corazón
está la sede del pensamiento y
es el lugar donde se toman las decisiones.  

“Ánimo, sé un hombre”,

4 de Febrero de 2010 por Alfonso

Del primer libro de los Reyes 2, 1-4. 10-12

 

Estando ya próximo a morir, David hizo estas recomendaciones a su hijo Salomón: -«Yo emprendo el viaje de todos. ¡Ánimo, sé un hombre! Guarda las consignas del Señor, tu Dios, caminando por sus sendas, guardando sus preceptos, mandatos, decretos y normas, como están escritos en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todas tus empresas, dondequiera que vayas; para que el Señor cumpla la promesa que me hizo: “Si tus hijos saben comportarse, caminando sinceramente en mi presencia, con todo el corazón y con toda el alma, no te faltará un descendiente en el trono de Israel.”» David fue a reunirse con sus antepasados y lo enterraron en la Ciudad de David. Reinó en Israel cuarenta años: siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén. Salomón le sucedió en el trono, y su reino se consolidó.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

Comienza el primer libro de los Reyes
con la muerte de David y
la subida al trono de Samuel.
David ha cumplido la misión de aunar a Israel y
de acercarlo a Dios,  retomando la  Ley de Moisés
como fundamento de su identidad,
como Pueblo de la Alianza.
La promesa hecha por Dios,
de que un descendiente suyo llevará a plenitud
la obra comenzada,
requiere de la fidelidad a la ley
no sólo por parte del Pueblo,
sino también de quien está a la cabeza del mismo.

David así lo entiende, y
por ello antes de partir de este mundo y
unirse a sus antepasados,
anima a su hijo  a ser fiel a su misión.
Las palabras con las que inicia David el consejo
que da a su hijo resultan de un valor muy estimable.
Ánimo, sé un hombre”,
sé humano, sé honrado en todo,
no te conformes con ser cualquier cosa y
vivir como pagano.
“Guarda las consignas del Señor, tu Dios,
caminando por sus sendas”.

Las palabras que dirige David a su hijo
son más que una invitación a guardar la Ley de Moisés,
porque en el vivir
guardando sus preceptos, mandatos, decretos y normas,
como están escritos en la ley de Moisés”
se encuentra la fuente del éxito de su vida y
sobre todo, la garantía de que se cumpla la promesa
que le ha hecho el Señor:
“Si tus hijos saben comportarse,
caminando sinceramente en mi presencia,
con todo el corazón y con toda el alma,
no te faltará un descendiente en el trono de Israel.”
Son las últimas palabras de un gran hombre
del que no se ocultan sus sombras,
pero que sobre todo, ha amado a Dios y
ha secundado sus planes.

David, pecador y creyente,
no tiene nada más que hacer.
Ya puede descansar con sus padres.
El Dios de Abrahán, Isaac, y Jacob
le ha recibido en su “Casa”
como uno de los grandes patriarcas.

Siguiendo la lógica del corazón

1 de Febrero de 2010 por Alfonso

Del segundo libro de Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-l3a

 

En aquellos días, uno llevó esta noticia a David: -«Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.» Entonces David dijo a los cortesanos que estaban con él en Jerusalén: -«¡Ea, huyamos! Que, si se presenta Absalón, no nos dejará escapar. Salgamos a toda prisa, no sea que él se adelante, nos alcance y precipite la ruina sobre nosotros, y pase a cuchillo la población.» David subió la cuesta de los Olivos; la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos. y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza, y subían llorando. Al llegar el rey David a Bajurín, salió de allí uno de la familia de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá, insultándolo según venía. y empezó a tirar piedras a David y a sus cortesanos -toda la gente y los militares iban a derecha e izquierda del rey-, y le maldecía: -«¡Vete, vete, asesino, canalla! El Señor te paga la matanza de la familia de Saúl, cuyo trono has usurpado. El Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, mientras tú has caído en desgracia, porque eres un asesino.» Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: -«Ese perro muerto ¿se pone a maldecir a mi señor? ¡Déjame ir allá, y le corto la cabeza!» Pero el rey dijo: -«¡No os metáis en mis asuntos, hijos de Seruyá! Déjale que maldiga, que, si el Señor le ha mandado que maldiga a David, ¿quién va a pedirle cuentas?» Luego dijo David a Abisay y a todos sus cortesanos: -«Ya veis. Un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, ¡y os extraña ese benjaminita! Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.» David y los suyos siguieron su camino.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

Estamos ante uno de los episodios más tristes
de la historia de David.
Su hijo Absalón desea usurparle el trono,
y para ello soliviantará a los importantes de Hebrón,
capital que fuera del reino de Israel
antes de que lo fuera Jerusalén,
y con ellos se dispone a  atacar a David 
y a todo lo que representa.

Los sentimientos que se debieron despertar
en el corazón de David fueron muchos.
Mirando su vida pasada descubría grandes contradicciones.
Él, que no dejó en ningún momento de ser un gran creyente,
no por ello se vio libre de grandes errores.   

Afloran ahora de nuevo en su conciencia,
haciéndole caer en la cuenta de que quizás esta situación
no se hubiera dado, si no hubiera consentido
otras realidades dentro de su misma familia.

La reacción de David no es sólo la de un estratega
que huye para salvar la vida y
reorganizar la reconquista hasta acabar con su hijo.
Los sentimientos hacia él no serán nunca los de alguien
que quiere su muerte, como después se puede comprobar.

Además, David puede pensar que si Dios le ha abandonado
nada puede hacer para conseguir de Él su protección.
La salida de Jerusalén y la marcha hacia el exilio
no es la de un ejército que huye,
sino la de un hombre acompañado de sus fieles
que inician una peregrinación penitencial:
“David subió la cuesta de los Olivos;
la subió llorando, la cabeza cubierta y los pies descalzos.
y todos sus compañeros llevaban cubierta la cabeza,
y subían llorando”.

Pero hay otra circunstancia que conviene subrayar
y ante la que David responde con una gran humildad,
admitiendo que, si su hijo se podía rebelar
tratando de ocupar el trono,
cómo no hacerlo alguien de la familia de Saúl,
al que él había sucedido.

Las palabras de David son las de alguien
que ha vivido mucho y ha aprendido la verdad de cada realidad.
“Si un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme,
¡os extraña ese benjaminita!.

Siguiendo la lógica de su corazón,
si él está dispuesto a perdonar a su hijo
cómo no perdonar a quien en realidad no le ha hecho daño.

Todavía podemos ver algo más.
David entiende que más allá de aquella maldición
se encierra otra causa que escapa a su razón.

Si es cierto que piensa que Dios le ha podido abandonar,
también lo es su plena confianza en Él.
“Dejadlo que me maldiga,
porque se lo ha mandado el Señor.
Quizá el Señor se fije en mi humillación y
me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.”

Como vemos, la historia está inacabada.
Toda vida está abierta a un futuro de amor
si se deja tocar por su Señor.

El amor auténtico procede del corazón de Dios

31 de Enero de 2010 por Alfonso

Del evangelio de san Lucas 4, 21-30

 

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: - «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: - «¿No es éste el hijo de José?» Y Jesús les dijo: - «Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.» Y añadió: - «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel habla muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.» Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

El comentario que los paisanos de Jesús,
después de que éste confiese que las Escrituras Santas
se han cumplido en Él,
manifiesta que no han entendido nada.

Si es uno de nuestra tierra, es uno de los nuestros.
Por consiguiente,
todo lo que hemos oído hacer en Cafarnaún,
debe hacerlo también para nosotros.
Sólo les queda decir:
Es un deber que se ponga a nuestro servicio.

Y en cierto modo eso va a ser así,
pero no como ellos desean.
Jesús rompe todo círculo endogámico 
y todo interés partidista
es rechazado con rotundidad.
Él ha venido por nosotros y para nosotros,
ahora bien, su venida no es excluyente.
Alcanza a todos y
si a algunos tiene que llegar antes,
esos son los pequeños,
los últimos, los más desfavorecidos.

La actitud de estas gentes no deja de ser
posesiva y utilitarista.
Están incapacitados para comprender
lo que es el amor, y
por ello no pueden entender
el decir y el hacer de su “Paisano”

Los ciudadanos de Nazaret no aceptan a Jesús
porque no hace lo que esperan de Él.
La admiración que sienten al  comienzo,
se convierte en desprecio más adelante.

La razón la sabemos por experiencia.
Cuando un amor posesivo se ve contrariado,
se vuelve agresivo y hasta criminal.

Qué diferente es cuando el amor no es posesivo,
cuando, como explica san Pablo a los corintios,
no es celoso, ni envidioso,
y por el contrario, su nota principal es la generosidad
y la  alegría por el bien de los otros.

Cuántas veces reducimos el amor
a un sentimiento natural que brota sin más,
a un sentimiento complaciente y facilón
que nos arranca de la realidad,
cuando el amor supone un aprendizaje,
a veces costoso.

Por ello, si nuestro amor no toma del Dios,
no será fácil que llegue a ser una realidad
que alcance a todos.

El amor auténtico procede del corazón de Dios,
pasa por el de Cristo y
llega a los demás a través del nuestro.

Cuando el amor hace este  recorrido
nos encontramos que,

  • es paciente,
  • bueno,
  • no envidioso,
  • no orgulloso,
  • desinteresado,
  • no se irrita,
  • no lleva cuentas del mal,
  • se complace con la verdad,
  • lo acepta todo,
  • lo cree todo,
  • lo espera todo,
  • lo soporta todo.

Lo cierto y verdad es que nadie puede amar de este modo,
si no es con la fuerza de Dios.

“Natán dijo a David: ¡Eres tú!”.

30 de Enero de 2010 por Alfonso

Del segundo libro de Samuel 12, 1 7a. 10-17

 

En aquellos días, el Señor envió a Natán a David. Entró Natán ante el rey y le dijo: «Había dos hombres en un pueblo, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; el pobre sólo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, cogió la cordera del pobre y convidó a su huésped. » David se puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán: «Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte. No quiso respetar lo del otro; pues pagará cuatro veces el valor de la cordera. » Natán dijo a David: « ¡Eres tú! Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías, el hitita, y matándolo a él con la espada amoníta. Asi dice el Señor: “Yo haré que de tu propia casa nazca tu desgracia; te arrebataré tus mujeres y ante tus ojos se las daré a otro, que se acostará con ellas a la luz del sol que nos alumbra. Tú lo hiciste a escondidas, yo lo haré ante todo Israel, en pleno día.” » David respondió a Natán: «¡ He pecado contra el Señor!» Natán le dijo: «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás. Pero, por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá.» Natán marchó a su casa. El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó gravemente enfermo. David pidió a Dios por el niño, prolongó su ayuno y de noche se acostaba en el suelo. Los ancianos de su casa intentaron levantarlo, pero él se negó, ni quiso comer nada con ellos.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

David ha sacado de dentro de sí las sombras
que nos habitan a todos
y que sólo la misericordia de Dios
nos puede hacer superar.

Si nos fijamos bien en todo el proceso que sigue David,
desde que ve a la mujer hasta que manda matar al amigo,
en ningún momento se acuerda de Dios.
Piensa que él solo puede salir del embrollo
en el que se metido, sin darse cuenta de su fragilidad,
que le imposibilita ver la verdad
de aquella situación.
Pero David, aunque ofuscado,
no ha perdido el sustrato firme de su conciencia,
de manera que cuando Natán se acerca a él y
le cuenta aquella parábola,
se despiertan en David los sentimientos
de lealtad y justicia que le han caracterizado siempre,
así como esa piedad religiosa
recrecida a lo largo de toda su vida.

Las palabras del profeta le llevan a contemplarse
en aquella historia, que él mismo valora deplorable
por la injusticia que se desprende de ella.

Es conveniente leer despacio la historia que,
aunque pueda parecer ingenua,
despierta lo mejor de la conciencia de David.

El autor sagrado señala con fuerza su reacción:
“David se puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán:
Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte.
No quiso respetar lo del otro;
pues pagará cuatro veces el valor de la cordera”.

Momento que el profeta utiliza para poner a David
ante su propia realidad.
“Natán dijo a David: ¡Eres tú!”.

David se da cuenta, vuelve a sí mismo,
descubre su pecado, lo reconoce y se vuelve a Dios
confesándole su culpa.
“David respondió a Natán: ¡He pecado contra el Señor!”.

Sería bueno que nos diéramos cuenta,
de que hay veces que necesitamos
que alguien venga hasta nosotros,
para aportarnos esa luz que nos lleve a discernir
la verdad real que anida en nuestro corazón.

La experiencia de pecado que nacerá en David
a raíz de este momento,
le llevará a contemplar a Dios y
a contemplarse a sí mismo
en su verdad más profunda.

El salmo 50 no deja de ser la expresión más bella de su experiencia.

 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra tí, contra tí sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

¿Cómo fue posible que David cayera tan bajo?

29 de Enero de 2010 por Alfonso

Segundo libro de Samuel. 11, 1-4a. 5-10a. 13-17

 

Al año siguiente, en la época en que los reyes van a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel, a devastar la región de los amonitas y sitiar a Rabá. David, mientras tanto, se quedó en Jerusalén; y un día, a eso del atardecer, se levantó de la cama y se puso a pasear por la azotea del palacio, y desde la azotea vio a una mujer bañándose, una mujer muy bella. David mandó preguntar por la mujer, y le dijeron: «Es Betsabé, hija de Alián, esposa de Urías, el hitita.» David mandó a unos para que se la trajesen. Después Betsabé volvió a su casa, quedó encinta y mandó este aviso a David: «Estoy encinta. » Entonces David mandó esta orden a Joab: «Mándame a Urías, el hitita.» Joab se lo mandó. Cuando llegó Urías, David le preguntó por Joab, el ejército y la guerra. Luego le dijo: «Anda a casa a lavarte los pies. » Urías salió del palacio, y detrás de él le llevaron un regalo del rey. Pero Urías durmió a la puerta del palacio, con los guardias de su señor; no fue a su casa. Avisaron a David que Urías no había ido a su casa. Al día siguiente, David lo convidó a un banquete y lo emborrachó. Al atardecer, Urías salió para acostarse con los guardias de su señor, y no fue a su casa. A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio de Urías. El texto de la carta era: «Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la lucha, y retiraos dejándolo solo, para que lo hieran y muera.» Joab, que tenia cercada la ciudad, puso a Urías donde sabia que estaban los defensores más aguerridos. Los de la ciudad hicieron una salida, trabaron combate con Joab, y hubo bajas en el ejército entre los oficiales de David; murió también Urías, el hitita.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

Lo primero que se nos ocurre pensar,
después de leer el texto,
es cómo fue posible que David cayera tan bajo
cuando su talla moral estaba probada
en todo su devenir histórico.
La verdad es que la narración no puede ser más viva y
los matices son tantos que el autor nos introduce
en los entresijos del pecado.

Comienza insinuando que David
comenzaba a vivir instalado en el poder.
Lo normal es que hubiera marchado a la guerra con los suyos,
sin embargo nos dice el texto que se quedó en su casa
mandando a la guerra a sus oficiales.
A partir de aquí todo lo que sucede
se encadena de un modo terrible.
Da la sensación de que David no piensa y
si lo hace, es para huir hacia delante,
derivando la responsabilidad de los hechos en los demás.
Las circunstancias lo llevan a dónde él nunca hubiera deseado.

Él, que había sido fiel y leal con los amigos,
que había respetado las reglas del juego
de la convivencia en la paz y en la guerra,
hace trizas estos valores,
se hunde en el sinsentido del “pecado” y
se convierte en un hombre desleal, infiel y traidor.

Cabe pensar viendo el desarrollo de los acontecimientos,
cómo es posible que la falta de cuidado en lo pequeño,
le lleve al asesinato de su amigo.
Seguro que si le hubieran dicho a David
el día que se quedó en casa y vio a aquella mujer
a la que no conocía,
que terminaría matando a su amigo,
hubiera contestado que aquéllo era imposible.
Sin embargo, ya vemos lo que pasó.
Una cadena de pequeñas cosas le lleva
a lo que ni siquiera podía pensar.

Sólo con seguir la dinámica de los hechos,
nos damos cuenta del tobogán por el que nos deslizamos
en el momento en el que dejamos de pensar
en las consecuencias de nuestras acciones,
por pequeñas que éstas sean.

David se queda en Jerusalén y no pasa nada por ello.
Otros en su lugar irán a la guerra.
Después de descansar plácidamente ve a una mujer agradable.
Sigue sin pasar nada.
Pregunta por ella, lo cual no tiene importancia.
Se entera de que es la mujer de su amigo y
desea conocerla de cerca.
 La manda llamar y, en ese juego imprudente
en el que el deseo se impone a la razón,
termina en la cama con ella.

Podría haber acabado todo en una “pequeña aventura”
sino hubiera sido por las consecuencias.
La mujer ha quedado embarazada.
¿Y ahora, qué hacer?.
Ahora, David debe responder a su imprudencia.
¿Acepta las consecuencias o busca salir del atolladero
en el que se encuentra falseando la realidad?

La primera argucia, para no responsabilizarse de su obrar,
es implicar a su amigo haciéndole creer
que él es el padre del hijo de su mujer,
para lo que urde un plan que no  resulta,
por la fidelidad del amigo.
Las cosas se complican y la solución no llega.
El conflicto que vive David es grande.
Aquel hijo le ha complicado la vida y debe buscar una solución.
Están en juego tres realidades importantes para él.
Su reputación. No quiere que se sepa lo que ha pasado
porque entonces la perdería.
Quiere salvar la vida de quien es su hijo y quiere a su amigo.
Pero las tres cosas no pueden darse a la vez.
La situación se hace insostenible y
decide por lo que menos le duele.
El plan que traza para solucionar su problema
pasa por la muerte del inocente.
Así piensa que todo queda zanjado.
Sin embargo la realidad será otra y él mismo se dará cuenta.

“¿Quién soy, mi Señor, y que es mi familia, para que me hayas hecho llegar hasta aquí?”

28 de Enero de 2010 por Alfonso

Del segundo libro de Samuel 7, 18-19. 24-29

 

Después que Natán habló a David, el rey fue a presentarse ante el Señor y dijo: «¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia, para que me hayas hecho llegar hasta aquí? ¡Y, por si fuera poco para ti, mi Señor, has hecho a la casa de tu siervo una promesa para el futuro, mientras existan hombres, mi Señor! Has establecido a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios. Ahora, pues, Señor Dios, mantén siempre la promesa que has hecho a tu siervo y su familia, cumple tu palabra. Que tu nombre sea siempre famoso. Que digan: ” ¡El Señor de los ejércitos es Dios de Israel! ” Y que la casa de tu siervo David permanezca en tu presencia. tú, Señor de los ejércitos, Dios de Israel, has hecho a tu siervo esta revelación: “Te edificaré una casa”; por eso tu siervo se ha atrevido a dirigirte esta plegaria. Ahora, mi Señor, tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar, y has hecho esta promesa a tu siervo. Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia; ya que tú, mi Señor, lo has dicho, sea siempre bendita la casa de tu siervo. »

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

Estamos ante una plegaria de David
en la que se revela su fibra de creyente,
de hombre que confía en Dios
aunque no termine de entender su hacer con nosotros.

El profeta Natán le ha comunicado
el rechazo por parte de Dios de su proyecto
de construirle un templo en donde habitar,
y él lo acepta sin decir nada por ello.
Sin embargo, la acción de gracias por la promesa
que Dios le ha hecho a él y a su familia,
brota de su corazón de forma incontenible.
La humildad le acerca a la verdad y
reconoce su propia condición y el beneplácito de Dios.

Él y su familia no son nada fuera del ámbito de Dios,
que le ha hecho “grande entre los grandes”. 
“¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia,
para que me hayas hecho llegar hasta aquí?”.

La experiencia de David es la del hombre
amado hasta el extremo a pesar de su fragilidad.
Nada puede anular esta experiencia amorosa,
ni siquiera su pecado.
Cuándo éste aparezca en su vida
con toda su carga mortal de traición y engaño,
David se volverá a su Señor reconociendo su culpa
a la vez que acogiéndose a su misericordia.

La conciencia que de sí mismo tiene
es la del hombre que se sabe en las manos de Dios y
asume agradecido su designio amoroso.
¡Y, por si fuera poco para ti, mi Señor,
has hecho a la casa de tu siervo una promesa para el futuro,
mientras existan hombres, mi Señor!.

Para David, Dios se mueve en su historia
como lo ha hecho hasta ahora en la de Israel, su pueblo.
De su memoria fluye no sólo el recuerdo,
sino la experiencia vital de su Pueblo,
que se ha visto asistido por Dios a lo largo de su  existencia.

En medio de su oración,
David hace una verdadera confesión de fe: 
Has establecido a tu pueblo Israel
como pueblo tuyo para siempre,
y tú, Señor, eres su Dios.
¡El Señor de los ejércitos es Dios de Israel! “.
No le queda nada más que suplicarle su bendición
para poder vivir en esa experiencia de fidelidad
probada con su Pueblo.
David pide al Señor que nunca se aparte de él y de su linaje.
Espera que cumpla, como siempre, su palabra:
“Ahora, mi Señor, tú eres el Dios verdadero,
tus palabras son de fiar,
y has hecho esta promesa a tu siervo.
Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo,
para que esté siempre en tu presencia;
ya que tú, mi Señor, lo has dicho,
sea siempre bendita la casa de tu siervo.”

“Ve y dile a mi siervo David…”

27 de Enero de 2010 por Alfonso

Del segundo libro de Samuel 7, 4-17

 

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy, no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario. Y, en todo el tiempo que viajé de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro?” Pues bien, di esto a mi siervo David: “Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mi hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes como suelen los hombres, pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.” » Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras.

 

RESPUESTA A LAPALABRA

 

El  intento de David por agradar a Dios
es respondido por Éste con una cierta ironía,
seguida de un nuevo don.

David ha llevado el Arca de Dios a Jerusalén y
ahora piensa edificar un templo en el que resida.
Piensa que él no puede vivir en una casa mejor
que en la que habite su Señor.
Sin embargo, el Señor no espera de nosotros
que le conquistemos con nuestras dádivas.
Es Él que viene a nosotros con las suyas,
posibilitando de este modo que alcancemos
nuestra verdadera talla humana.

No quiere Dios un lugar para residir
que no sea el que nosotros habitamos,
más aún, quiere habitar en nosotros.
En realidad, ¿quiénes somos para darle algo
cuando todo le pertenece?
¿Qué darle sino a nosotros mismos?.
Las palabras del Señor a Natán
nos introducen en el misterio de la gracia,
nos abren a la verdad de Dios y del hombre,
no sin cierto humor.
Vamos a ver, dice Dios a David:
¿eres tú el que me va construir una casa donde habitar,
cuando desde que os llamé a la vida estoy con vosotros?
¿Voy a ser más porque tú lo quieras?.

Mira, escucha lo que te voy a decir,
para que te des cuenta de quienes somos tú y Yo.

“Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas,
para que fueras jefe de mi pueblo Israel.
Yo estaré contigo en todas tus empresas…, más aún”,
“te pondré en paz con todos tus enemigos,
y, además, te dará una dinastía.
Y, cuando tus días se hayan cumplido y
te acuestes con tus padres,
afirmaré después de ti la descendencia
que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza.
Él construirá una casa para mi nombre, y
yo consolidaré el trono de su realeza para siempre”.

El joven que fue ungido sin mérito alguno,
no debe olvidar sus orígenes.
Debe permanecer en la humildad
que caracteriza al verdadero hijo,
para no querer ser como Dios,
manipulándolo según sus intereses personales.

David no será grande porque él lo quiera y
trate de conseguirlo aprovechándose de Dios.
Será Éste quien lo haga grande entre los grandes
hasta el punto que de su linaje nacerá Jesús, el Cristo.

La realidad más profunda de nuestra relación con Dios
no está en lo que podamos amarle,
sino en lo mucho que nos ama Él