“La responsabilidad de Israel es proporcional al don recibido”

10 de Marzo de 2010 por Alfonso

Del libro del Deuteronomio 4, 1.5-9

 

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. Mirad, yo os enseño los mandatos y decretos que me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.” Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy? Pero, cuidado, guárdate muy bien de olvidar los sucesos que vieron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras vivas; cuéntaselos a tus hijos y nietos.»

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

La vida de fe del creyente de Israel nace y se mantiene
a través de la experiencia viva de Dios,
que tiene su Pueblo desde su origen.
Sabe y debe saber que no sólo su existencia,
sino también el modo de existir, es pura gracia.
Por ello, olvidar sus raíces le llevaría a desconocerse,
y a hipotecar su futuro y el de sus hijos.  

Cuidado, le advierte Moisés,
“guárdate muy bien de olvidar
los sucesos que vieron tus ojos,
que no se aparten de tu memoria mientras vivas;
cuéntaselos a tus hijos y nietos”.

El texto de hoy nos lleva a situar nuestra vida
en las coordenadas de la Historia de la Salvación,
salvaguardada siempre por la memoria amorosa
de quienes bendecimos haber sido llamados
a participar de ella.

Qué bueno es caer en la cuenta
de que no soy ni el principio ni el final de nada.
Que mi vida se inserta como eslabón en una gran cadena,
en una red de la que soy un nudo.
Soy alguien que participa en la maravillosa epopeya
de la gran familia humana.
Resultado del sentir, hacer y padecer
de miles de generaciones alentadas por un mismo amor,
en el que nacemos, nos movemos y existimos.

Cuando ciertas ideologías nos despersonalizan,
bien porque nos invitan al individualismo puro y duro,
o bien porque nos tratan como parte de una masa
despersonalizada e informe.
Es muy importante darse cuenta que toda vida es vocación,
invitación a llevar a los otros aquello mismo
que gratuitamente recibimos en la fidelidad de Aquél que,
antes que a mí ya se los había otorgado a los que me precedieron.

De aquí se justifica el mandato de Moisés a Israel,
de vivir y hacer vivir a sus descendientes
esa forma de vida, que Dios les ha otorgado y
que les distingue de aquellos otros pueblos,
que no lo han conocido.
“Mirad, les dice Moisés,
yo os enseño los mandatos y decretos
que me mandó el Señor, mi Dios,
para que los cumpláis en la tierra
donde vais a entrar para tomar posesión de ella.

Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría
y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que,
cuando tengan noticia de todos ellos, dirán:
“Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente”.

Israel no ha sido “con-formado” para ser poseedor
de una forma de vida distinta a la de los demás pueblos,
sino para ser testigo ante ellos,
a través de esta forma de vida,
del designio de amor de Dios para con todos.

Siguiendo este pensamiento nos encontramos con una verdad
que puede resultar incómoda si la aplicamos a nosotros.
“La responsabilidad de Israel es proporcional al don recibido”

“Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.”

9 de Marzo de 2010 por Alfonso

Del libro de Daniel 3, 25. 34-43

 

En aquellos días, Azarías se detuvo a orar y, abriendo los labios en medio del fuego, dijo:  «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas. Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

La oración de Azarías se inscribe en la historia
de los grandes orantes de la Biblia.

Reconocimiento de una realidad de la que son responsables y
que les ha llevado lejos de Dios,
a la vez que una conciencia clara de la misericordia de Dios
que sigue siendo fiel a su primer amor.

Basta con seguirla paso a paso,
para ver el perfil contemplativo de éste hombre
que se dirige a Dios en su aflicción.
“Por el honor de tu nombre,
no nos desampares para siempre,
no rompas tu alianza,
no apartes de nosotros tu misericordia”.

Azarías sufre, no porque atraviese por una situación deplorable,
sino porque su pueblo vive el drama del abandono de Dios,
fruto de su infidelidad a la Alianza.
“Ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos;
hoy estamos humillados por toda la tierra
a causa de nuestros pecados”.

Pero no se cierra a la esperanza.
Se apoya en la fidelidad de Dios a sus promesas.
Dios siempre cumple y, aunque el pueblo sufra
ahora la orfandad más grande que pudiera haber pensado,
lo levantará de su postración y brillará de nuevo sobre él la  
“gloria del Nombre de Dios”.

Es cierto que en ese momento
“no tienen príncipes, ni profetas, ni jefes;
ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso;
ni un sitio donde ofrecer sacrificios, para alcanzar misericordia”.

Pero Azarías sigue creyendo en la fuerza del Amor
misericordioso del Dios de sus padres,
del Dios de Abrahán, Isaac, Isarael…,
que cuando vea la conversión de su pueblo
volverá a mostrarse benevolente con él.
Por ello sigue diciendo:
“Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde
como nuestro único sacrificio,
y que sea agradable en tu presencia:
porque los que en ti confían no quedan defraudados.”

En realidad Azarías nos está diciendo
que la piedad de Dios es más grande que nuestro pecado,
y que nuestra conversión la atrae necesariamente,
porque Dios  no deja de amarno
en ninguna circunstancia de nuestra historia.

«Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel.»

8 de Marzo de 2010 por Alfonso

Del libro 2º de los Reyes 5, 1-15ª

 

En aquellos días, Naamán, general del ejército del rey sirio, era un hombre que gozaba de la estima y del favor de su señor, pues por su medio el Señor había dado la victoria a Siria. Era un hombre muy valiente, pero estaba enfermo de lepra. En una incursión, una banda de sirios llevó de Israel a una muchacha, que quedó como criada de la mujer de Naamán, y dijo a su señora:  «Ojala mi señor fuera a ver al profeta de Samaria: él lo libraría de su enfermedad.» Naamán fue a informar a su señor:  «La muchacha israelita ha dicho esto y esto.» El rey de Siria le dijo:  «Ven, que te doy una carta para el rey de Israel.» Naamán se puso en camino, llevando tres quintales de plata, seis mil monedas de oro y diez trajes. Presentó al rey de Israel la carta, que decía así:  «Cuando recibas esta carta, verás que te envío a mi ministro Naamán para que lo libres de su enfermedad.» Cuando el rey de Israel leyó la carta, se rasgó las vestiduras, exclamando:  «¿Soy yo un dios capaz de dar muerte o vida, para que éste me encargue de librar a un hombre de su enfermedad? Fijaos bien, y veréis cómo está buscando un pretexto contra mí.» El profeta Eliseo se enteró de que el rey de Israel se había rasgado las vestiduras y le envió este recado:  «¿Por qué te has rasgado las vestiduras? Que venga a mí y verá que hay un profeta en Israel.» Naamán llegó con sus caballos y su carroza y se detuvo ante la puerta de Eliseo. Eliseo le mandó uno a decirle:  «Ve a bañarte siete veces en el Jordán, y tu carne quedará, limpia.» Naamán se enfadó y decidió irse, comentando:  «Yo me imaginaba que saldría en persona a verme, y que, puesto en pie, invocaría al Señor, su Dios, pasaría la mano sobre la parte enferma y me libraría de mi enfermedad. ¿Es que los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no valen más que toda el agua de Israel? ¿No puedo bañarme en ellos y quedar limpio?» Dio media vuelta y se marchaba furioso. Pero sus siervos se le acercaron y le dijeron:  «Señor, si el profeta te hubiera prescrito algo difícil, lo harías. Cuanto más si lo que te prescribe para quedar limpio es simplemente que te bañes.» Entonces Naamán bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta, y su carne quedó limpia como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo:  «Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel.»

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

El pasaje de la curación de Naamán
despierta en nosotros multitud de ecos,
en los que van apareciendo las constantes
desde las que se desenvuelve la vida de Dios
en todos y en cada uno de los hombres
que buscan más allá de ellos mismos.
El Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob…
también lo es de Naamán.

Basta que él lo reconozca y acepte,
porque, como nos recuerda san Pedro:
“Dios no hace acepción de personas,
acepta a todo hombre justo, sea de la nación que sea”.

Pero hay en este texto elementos muy importantes
para nosotros, además de esa universalidad de Dios
que ya aparece en el Antiguo Israel.

Siguiendo el relato, vemos cómo la riqueza,
la importancia, el valor,
no llevan al hombre a plenitud de su vida.
Es suficiente con una enfermedad maldita como la lepra,
para hacernos caer en la cuenta que la vida
no está en nuestras manos y
que debemos dejarnos ayudar por los demás,
aunque estos aparentemente carezcan de importancia.

Nuestra vida está en manos de Dios y
pasa por las manos de otras personas
tan frágiles o más que nosotros,
pero que están ahí para ayudarnos.

Es hermoso ver cómo una criada extranjera,
el rey, el mensajero, los criados, el hombre de Dios…,
todos ellos juegan su papel en la curación de Naamán.
Cierto que quien le cura es Dios,
pero las mediaciones de éstos ha sido necesarias.

La otra realidad que destaca es la pobreza de los medios
con los que es curado,
para que se vea que son meramente medios,
y que quien es el autor de la curación es el Señor.

Las aguas de un río sin importancia
limpiarán la lepra de la carne de este hombre que se ve perdido y
que esperaba una intervención maravillosa del “hombre de Dios”.

En definitiva, la clave de todo este suceso está en la “confianza”,
en la fe en esas pobres mediaciones que nos acercan a Él.

Si primeramente es una esclava extranjera
quien le encamina hacia el profeta: 
«Ojala mi señor fuera a ver al profeta de Samaria:
él lo libraría de su enfermedad.»,  
después serán sus siervos quienes le convenzan
para que no abandone y llegue hasta el final:
“Pero sus siervos se le acercaron y le dijeron:
-Señor, si el profeta te hubiera prescrito algo difícil, lo harías.
Cuanto más si lo que te prescribe para quedar limpio
es simplemente que te bañes”.

Y aquí conviene recordar las palabras de Jesús:
“Cuando somos capaces de confiar en lo poco,
entonces es cuando se nos confía lo mucho”.

Naamán, porque se atreve a confiar en medios muy pobres,
termina haciendo una solemne profesión de fe
en el Dios que es Todo.

Desde Abrahán hasta nuestros días

7 de Marzo de 2010 por Alfonso

Del evangelio de san Lucas 13, 1-9

 

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: - « ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.» Y les dijo esta parábola: - «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.»

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

De los textos que la liturgia de hoy nos ofrece,
emerge con fuerza el tema de la misericordia de Dios,
a la vez que la necesidad de correspondencia por parte del hombre.

Recordamos la frase acuñada por el santo:
“Aquél que te creó si ti, no te puede salvar sin ti”.

Creados  libres, nuestra relación con Dios nace de un encuentro personal.
Nuestro Dios es un Dios de relaciones.
Él mismo se designa como el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob.
No es un ser ajeno al hombre,
ni una fuerza extraña que lo oprima con sus caprichos.

Según aparece sucesivamente en las Escrituras Santas,
es un Dios que quiere establecer relaciones personales con nosotros,
unas relaciones que son fuente de alegría, de paz y de felicidad.

Dios no es indiferente ni a las alegrías ni a los sufrimientos humanos,
sino que participa en ellos de un modo activo.

Desde Abrahán hasta nuestros días,
la historia no deja de acercarnos a esta realidad.
Leemos en el libro del Éxodo lo que dice Dios a Moisés

“He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa”

El autor sagrado nos manifiesta el proceder de Dios
ante la realidad que vive su Pueblo.
Establece una relación personal con él a través de su relación con Moisés.
Pero esto implica la necesidad de una respuesta.
Dios librará a su Pueblo, siempre que éste se ponga en camino.

Jesús, el rostro humano de la misericordia de Dios,
insiste en la necesidad que tenemos “todos” de ser salvados y
por lo mismo “todos” estamos llamados a volver a vivir en el amor.
Todos estamos llamados a dejar nuestro camino errado y
volver al camino justo.

Jesús deja muy claro que nadie está exento de toda culpa,
aunque ésta pase desapercibida,
cuando dice que no eran los galileos, a los que mandó matar Pilato,
más pecadores que los demás,
ni eran más culpables los dieciocho vecinos de Jerusalén
que murieron aplastados por la torre de Siloé.

Además, Dios no está esperando a castigarnos
por nuestra mala conducta.
No es el castigo lo que le caracteriza, sino la misericordia
con todo aquel que abriendo su corazón quiera acogerla.

La pequeña parábola de la higuera cierra el texto
reiterando de nuevo lo dicho.
Una higuera que no da fruto y
el cultivador que suplica paciencia al dueño del campo.
El dueño que accede.
Pero sin olvidar que, si espera, es en la confianza
de que llegado el momento, dará su fruto.

Jeremías nos presta su voz.

3 de Marzo de 2010 por Alfonso

Del libro del profeta Jeremías 18, 18-20

 

Dijeron: «Venid, maquinemos contra Jeremías, porque no falta la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta; venid, lo heriremos con su propia lengua y no haremos caso de sus oráculos.» Señor, hazme caso, oye cómo me acusan. ¿Es que se paga el bien con mal, que han cavado una fosa para mí? Acuérdate de cómo estuve en tu presencia, intercediendo en su favor, para apartar de ellos tu enojo.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

Jeremías y sus lamentaciones
ponen palabra a muchas de nuestras experiencias,
que no tienen otra explicación, que el mal
que desplaza al bien porque no resiste su presencia.

No se busca el mal por el mal,
sino para hacer desaparecer el bien que estorba.

En última instancia,
esto es lo que se pretende con la muerte de Jesús.
Confiesa san Juan en su evangelio:
 “En la Palabra había vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla y
la tiniebla no la recibió” (1,4-5).

Jeremías, consciente de la realidad
de su propio rechazo
abre su corazón a Dios,
al que clama la injusticia en la que vive,
y se explaya mostrándole sus sufrimientos,
aguardando que Él le haga justicia.

No están lejos de estos lamentos
los sentimientos que debieron mover
el corazón de Jesús a lo largo de su Pasión,
especialmente en ese momento
en el que en Getsemaní
derramara la congoja de su alma ante el Padre:
“Señor, hazme caso, oye cómo me acusan.
¿Es que se paga el bien con mal,
que han cavado una fosa para mí?
Acuérdate de cómo estuve en tu presencia,
intercediendo en su favor,
para apartar de ellos tu enojo”.

En definitiva, Jeremías presta su voz
a tantas y tantas personas,
quizás también a nosotros en algún momento,
que a lo largo de la historia
han sufrido injustamente el escarnio del Malo.

El sufrimiento de Jeremías,
como el de Jesús y el de todos los que creemos
en el designio amoroso de Dios,
no lo encierra en el círculo infernal de mal sin salida,
porque, abierto a la esperanza,
se pone en las manos de Dios,
el Único que juzga rectamente.  

El Señor en su amor no me retira su promesa.

2 de Marzo de 2010 por Alfonso

Del profeta Isaías 1,10.16-20 

 

Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma, escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra: «Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid y litigaremos - dice el Señor-. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, lo sabroso de la tierra comeréis; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor.

 

RESPUESTA A LA PALABRA 

 

La palabra de Isaías se dirige principalmente a los creyentes de Israel
cumplidores de la Ley Dios en las formas,
pero muy alejados de vivir según la voluntad del “Dios de Ley”.

El cumplimiento de la Ley del Señor
pasa por la justicia y la misericordia. 

Dios quiere la sinceridad y la bondad del corazón.
Por ello exhorta a su Pueblo a volver al camino recto,
que no es otro que el del amor al prójimo:
“Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones.
Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien;
buscad el derecho, enderezad al oprimido;
defended al huérfano, proteged a la viuda”. 

Llegado el momento, Jesús dirá a quienes le escuchan:
“No todo el que diga ‘Señor’, ‘Señor’,
entrará en el reino de los cielos,
sino el que cumple la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21).

Y en otro lugar recuerda a los fariseos
que deben aprender lo de supone:
“Quiero misericordia y no sacrificios” (9,13). 

El amor a Dios tiene como reverso el amor a los hermanos,
de manera que cuando éste falta, el otro no es auténtico. 

La llamada a la conversión arranca
del mismo amor de Dios a su Pueblo.
Su misericordia es tal que no hay culpa
que no pueda ser reparada.
Por ello insiste en que no pierdan la confianza y
vuelvan a Él pues,
“aunque sus pecados sean como púrpura,
blanquearán como nieve;
aunque sean rojos como escarlata,
quedarán como lana”. 

Qué asombro produce cuando se contempla
esta realidad como algo propio.
El Señor en su amor no me retira su promesa.
Él sigue siendo fiel aunque yo lo abandone.
Él sigue manifestándome su amor
en esa continua llamada avolver.
Me llama, no porque le disguste como soy,
sino porque me ama y desea que yo también ame como Él. 

La incansable fidelidad de Dios a su Pueblo.

1 de Marzo de 2010 por Alfonso

Del profeta Daniel 9,4b-10

 

Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con los que te aman y cumplen tus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes. Tú, Señor, tienes razón, a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los habitantes de Jerusalén, a judíos e israelitas, cercanos y lejanos, en todos los países por donde los dispersaste por los delitos que cometieron contra ti. Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona. No obedecimos al Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por sus siervos, los profetas.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

La oración de Daniel nos introduce
en el sentido espiritual del pueblo de Israel.

Su oración es la de un creyente
que contempla su vida a la luz de la experiencia
de todo su Pueblo y
sabe sobre todo, dos cosas fundamentales:

La incansable fidelidad de Dios a su Pueblo,
expresada al comienzo de la oración:
“Señor, Dios grande y terrible,
que guardas la alianza y eres leal con los que te aman”,
y la inconstancia e infidelidad de éste con Él,
como lo reconoce a continuación:
“Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos,
nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos”.

Si es importante que reconozcamos nuestro camino errado,
si queremos salir de él,
lo es más aún tener experiencia de la misericordia de Dios
que, si la acogemos, nos sacará del mismo.

Para Daniel, que confiesa el estado real del corazón
de su pueblo, con el que vive,
no cabe sino esperar confiadamente
en el amor misericordioso de Dios,
que no juega a no ver el pecado de su Pueblo,
sino que, contemplándolo con toda su carga negativa,
lo anula porque se lo piden,
sin dejar de insistir en la necesidad
de permanecer en la fidelidad propia del amor.

“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”.

28 de Febrero de 2010 por Alfonso

Del evangelio de  san Lucas 9, 28b-36

 

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se calan de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:  «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabia lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:  «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.» Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que hablan visto.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

Hoy se nos invita a volver el rostro hacia Dios.
Domingo para experimentar la cercanía y la presencia de Dios,
para volvernos a Él,  reconocerlo y adorarlo.

El primer encuentro de Abran con Dios marca el camino de amistad
para los sucesivos encuentros.
Amistad que empieza con una llamada a encontrarse,
continúa con un acompañarle a donde Él te lleve, y
termina con una promesa que supera toda expectativa humana.
Dios y el hombre están llamados a vivir una misma aventura.
Y el hombre no descansará hasta que no la vea realizada.

Dios saca a Abran, lo sitúa en medio de la noche y
le invita a contemplar lo imposible, a desear una progenie
de la que nacerá un hijo que iluminará a toda la humanidad.

En el designio de Dios está preparar,
en Abran y Sara, la carne del Verbo,
a través de la cual podamos percibir el rostro de Dios.

No nos debe extrañar que, los creyentes, “hijos de Abrahán”,
busquemos vivir esa presencia que colme nuestro deseo de Dios:
“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”.

El rostro, que es la persona,
expresa la realidad más íntima de la misma.
El cara a cara personal con Dios
que desearon y no pudieron contemplar ni Moisés ni Elías,
en el monte santo,
lo contemplarán después en la carne transfigurada de Jesús.
“Quien me ha visto a mí ha ha visto a Dios”,
dirá Jesús a sus discípulos.

Lucas presenta  el acontecimiento de la Transfiguración
dentro del camino salvador que pasa por la Cruz.
Y  nos dice que el marco en el que se dio
fue en un momento de oración “acompañado”,
observación muy importante, porque a “Dios hecho hombre”
no lo podemos contemplar ajeno a nuestra historia.
Jesús es  “Dios con nosotros”.

Es gratificante descubrir que en la oración del Señor
siempre estamos presentes los demás,
aunque no lo sepamos y permanezcamos dormidos mientras Él ora.

Getsemaní, Tabor y Calvario no son sino hitos
de esta oración de Jesús al Padre, en la que todos
estamos presentes y de la que debemos participar
para tener sus mismo sentimientos.

Cuánta importancia tiene el saber que en la oración
cambia el rostro de Jesús y sus vestidos,
porque en él se refleja el rostro mismo del Padre.
También en nosotros se puede llegar a percibir
ese mismo rostro de amor, si nos dejamos transfigurar por él y
asumimos los sentimientos de Cristo, su Hijo.

No es un disparate decir que, después de la Encarnación,
orar para el cristiano es dejar que el rostro de Dios
se refleje en nosotros, hijos suyos,
habiéndonos dejado cambiar el corazón.

Dios es Comunión.

27 de Febrero de 2010 por Alfonso

Del libre del Deuteronomio 26, 16-19

 

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo el corazón v con toda el alma. Hoy te has comprometido a aceptar lo que el Señor te propone: Que él será tu Dios, que tú irás por sus caminos, guardarás sus mandatos, preceptos y decretos, y escucharás su voz. Hoy se compromete el Señor a aceptar lo que tú le propones: Que serás su propio pueblo, como te prometió, que guardarás todos sus preceptos, que él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y que serás el pueblo santo del Señor, como ha dicho.»

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

Para finalizar esta primera semana de cuaresma
la Iglesia nos presenta, para nuestra contemplación,
un texto que va más allá de ser una fórmula,
que rubrica una forma de relación entre Dios y su Pueblo.

Es cierto que Moisés ratifica con esta formulación “jurídica”,
y de una manera solemne, la “Alianza”,
pero detrás de todo ello nos encontramos con las claves
de toda relación con Dios,
que vive implicado con el hombre y
del que le interesa todo lo que le sucede.

Dios está presente en los avatares de la historia
porque ama al hombre y se entrega a él
para que alcance su fin último, su felicidad plena.

La fe del creyente de la Biblia es la de aquel
que tiene una experiencia viva y cercana de Dios.

Dios no es un concepto, o alguien al que se llega
por el análisis de la realidad o
por la necesidad de tener un motivo
desde el que dar sentido a la vida.

Dios es Comunión.
Alguien que está presente en la vida del hombre,
tanto en su privacidad como en su participación
con los demás en el desarrollo de la sociedad y de la historia.

Pero no es un igual al hombre.
Él lo antecede y tiene un designio para éste.
Designio de salvación que le ofrece y
le ofrecerá siempre por pura gracia.
 “Porque amó a tus padres y
después eligió a su descendencia,
él en persona te sacó de Egipto…”,
le recordará Moisés a Israel.

Y, para que no se pierda mientras camine,
les dará “leyes inteligentes” que otros pueblos desconocen.

A esta preocupación amorosa de Dios,
el creyente corresponde acogiéndolo
como su único “Señor y viviendo fielmente
esa relación graciosamente establecida.

La memoria de esta presencia será una constante,
de manera que dos palabras serán claves
a lo largo de toda la Historia del Pueblo creyente:
“Recuerda” y “Amarás”.

También nosotros deberíamos recordar que,
desde antes de que gozáramos de esta existencia,
ya éramos amados por Dios.
Y que lo que nos pide
no es otra cosa que la acogida del mismo,
para los que nos ofrece el camino mejor: Jesús, su Hijo.

Para Dios nada hay perdido mientras el corazón del hombre esté abierto a su amor.

26 de Febrero de 2010 por Alfonso

Del profeta Ezequiel 18,21-28

 

Así dice el Señor Dios: «Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no que se convierta de su conducta y que viva? Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, ¿vivirá acaso?; no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetró y por el pecado que cometió, morirá. Comentáis: “No es justo el proceder del Señor. ” Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.»

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

No es el hombre una foto fija,
ni algo predeterminado y acabado mientras vive.
Peregrino, con una meta regalada,
 pero cuyo camino debe hacer por sí mismo,
siendo responsable
no de lo que se encuentre en él,
sino de cómo lo asume y transciende.

Ezequiel dirige su palabra a Israel como Pueblo,
pero sobre todo al hombre particular
que vive en la dinámica del mismo y
que debe asumir personalmente sus compromisos.
Aunque tengamos un proyecto común,
un destino común,
cada uno decide en su corazón si acepta o rechaza
ese destino y lo va ratificando con su obrar.

Lo va ratificando con su obrar porque
“obras son amores y no buenas razones”,
porque mientras que vivimos, caminamos y
el camino todavía no es la meta,
porque las acciones de hoy son de hoy
y nada más que de hoy.

Por fortuna nadie estamos “acabados”
ante los ojos de Dios,
aunque lo estemos para los hombres,
debido a la imagen que nos hemos fabricado
a partir de un comportamiento determinado.
Para Dios nada hay perdido
mientras el corazón del hombre esté abierto a su amor.

Pero a la vez debemos contemplar
desde el otro extremo de la misma.
Si la conversión siempre es posible,
las buenas acciones de hoy
no me aseguran la vida para mañana.

Esta es la grandeza de la libertad humana
que nos eleva a la categoría de interlocutores con Dios,
que nos respeta en todo momento y
que valora nuestras actitudes así como nuestras acciones.

Según esto, la pregunta que Dios nos hace
desde Ezequiel, queda respondida:
¿Es injusto mi proceder?,
¿o no es vuestro proceder el que es injusto?.

Mientras que el Señor no quiere la muerte del malvado,
sino que se convierta de su conducta y que viva,
nosotros etiquetamos a los demás y
no esperamos ni creemos un cambio real
en su pensar y en su hacer.