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2 Febrero
2007
escrito por Alfonso

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Del evangelio de san Lucas 2, 22-40

Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será  consagrado al Señor”, y para  entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “Un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo; que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose  en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

Los evangelistas no escriben por escribir. Podemos decir que no dan puntada sin hilo ni utilizan las palabras gratuitamente.

En el texto de hoy, no quiero dejar pasar por alto el marco en el que san Lucas nos ofrece la “Presentación de Jesús en el Templo”. Comienza diciendo: “Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al niño”, continua diciendo: “lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor” y termina con las palabras: “Cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor se volvieron a Galilea”.

Cuando san Lucas escribe su evangelio han pasado años de la muerte y resurrección de Jesús. El núcleo del mensaje salvador se ha afianzado en las primeras comunidades cristianas, lejos ya de Jerusalén y de la tierra de Jesús. La Iglesia tiene conciencia clara de que Jesús es el Señor, pero no puede olvidar que sigue siendo hombre, sujeto a las contingencias de toda humanidad. El hecho de ser Dios no le ahorra para nada las servidumbres de su propia naturaleza humana. San Lucas trata de dejarlo claro con su insistencia en el cumplimento de la ley, así como la breve descripción de su crecimiento.

Es admirable ver como Lucas, sin negar su humanidad, destaca a la vez su condición de “salvador” esperado, en el que se cumplen las promesas hechas por Dios a Israel, su Pueblo.

Él, a quien le han puesto por nombre Jesús, que significa: “Dios salva”, será reconocido por el anciano Simeón como el “salvador universal y gloria de su pueblo”. En sus manos descansa la Vida, ahora ya puede morir en paz. La espera ha dado su fruto.

“Ahora, Señor, según tu promesa
puedes dejar a tu siervo irse en paz;
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para anunciar a las naciones,
y gloria de tu pueblo, Israel”.

39 comentarios

  1. teresamargarita
    02/02/2007

    Cuando llegó el tiempo de la puriicación…..
    Ellos siempre atentos a lo que marcaba la Ley para cumplirla.
    Bien sabian que María no tenía que purificarse, y allí estaban.
    Ah, cómo me gustaría esta tade estar en la parroquia de San Pedro `para al ver las dos tórtolas, revivir lo más posible aquel entrañable momento.

  2. alexandra benitez
    26/05/2009

    no puedo responder porque lo k pasa y suced no soy una nerda entonces ni modo
    ok
    y ademas para k responder k cada uno busk su propia respuesta
    o no
    jejejeje

  3. 25/07/2009

    no me gusta

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