Desde Abrahán hasta nuestros días
Del evangelio de san Lucas 13, 1-9
En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: - « ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.» Y les dijo esta parábola: - «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.»
RESPUESTA A LA PALABRA
De los textos que la liturgia de hoy nos ofrece,
emerge con fuerza el tema de la misericordia de Dios,
a la vez que la necesidad de correspondencia por parte del hombre.Recordamos la frase acuñada por el santo:
“Aquél que te creó si ti, no te puede salvar sin ti”.Creados libres, nuestra relación con Dios nace de un encuentro personal.
Nuestro Dios es un Dios de relaciones.
Él mismo se designa como el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob.
No es un ser ajeno al hombre,
ni una fuerza extraña que lo oprima con sus caprichos.Según aparece sucesivamente en las Escrituras Santas,
es un Dios que quiere establecer relaciones personales con nosotros,
unas relaciones que son fuente de alegría, de paz y de felicidad.Dios no es indiferente ni a las alegrías ni a los sufrimientos humanos,
sino que participa en ellos de un modo activo.Desde Abrahán hasta nuestros días,
la historia no deja de acercarnos a esta realidad.
Leemos en el libro del Éxodo lo que dice Dios a Moisés
“He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa”
El autor sagrado nos manifiesta el proceder de Dios
ante la realidad que vive su Pueblo.
Establece una relación personal con él a través de su relación con Moisés.
Pero esto implica la necesidad de una respuesta.
Dios librará a su Pueblo, siempre que éste se ponga en camino.Jesús, el rostro humano de la misericordia de Dios,
insiste en la necesidad que tenemos “todos” de ser salvados y
por lo mismo “todos” estamos llamados a volver a vivir en el amor.
Todos estamos llamados a dejar nuestro camino errado y
volver al camino justo.Jesús deja muy claro que nadie está exento de toda culpa,
aunque ésta pase desapercibida,
cuando dice que no eran los galileos, a los que mandó matar Pilato,
más pecadores que los demás,
ni eran más culpables los dieciocho vecinos de Jerusalén
que murieron aplastados por la torre de Siloé.Además, Dios no está esperando a castigarnos
por nuestra mala conducta.
No es el castigo lo que le caracteriza, sino la misericordia
con todo aquel que abriendo su corazón quiera acogerla.La pequeña parábola de la higuera cierra el texto
reiterando de nuevo lo dicho.
Una higuera que no da fruto y
el cultivador que suplica paciencia al dueño del campo.
El dueño que accede.
Pero sin olvidar que, si espera, es en la confianza
de que llegado el momento, dará su fruto.



