Jeremías nos presta su voz.

Del libro del profeta Jeremías 18, 18-20

 

Dijeron: «Venid, maquinemos contra Jeremías, porque no falta la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta; venid, lo heriremos con su propia lengua y no haremos caso de sus oráculos.» Señor, hazme caso, oye cómo me acusan. ¿Es que se paga el bien con mal, que han cavado una fosa para mí? Acuérdate de cómo estuve en tu presencia, intercediendo en su favor, para apartar de ellos tu enojo.

 

RESPUESTA A LA PALABRA

 

Jeremías y sus lamentaciones
ponen palabra a muchas de nuestras experiencias,
que no tienen otra explicación, que el mal
que desplaza al bien porque no resiste su presencia.

No se busca el mal por el mal,
sino para hacer desaparecer el bien que estorba.

En última instancia,
esto es lo que se pretende con la muerte de Jesús.
Confiesa san Juan en su evangelio:
 “En la Palabra había vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla y
la tiniebla no la recibió” (1,4-5).

Jeremías, consciente de la realidad
de su propio rechazo
abre su corazón a Dios,
al que clama la injusticia en la que vive,
y se explaya mostrándole sus sufrimientos,
aguardando que Él le haga justicia.

No están lejos de estos lamentos
los sentimientos que debieron mover
el corazón de Jesús a lo largo de su Pasión,
especialmente en ese momento
en el que en Getsemaní
derramara la congoja de su alma ante el Padre:
“Señor, hazme caso, oye cómo me acusan.
¿Es que se paga el bien con mal,
que han cavado una fosa para mí?
Acuérdate de cómo estuve en tu presencia,
intercediendo en su favor,
para apartar de ellos tu enojo”.

En definitiva, Jeremías presta su voz
a tantas y tantas personas,
quizás también a nosotros en algún momento,
que a lo largo de la historia
han sufrido injustamente el escarnio del Malo.

El sufrimiento de Jeremías,
como el de Jesús y el de todos los que creemos
en el designio amoroso de Dios,
no lo encierra en el círculo infernal de mal sin salida,
porque, abierto a la esperanza,
se pone en las manos de Dios,
el Único que juzga rectamente.  



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