El Señor en su amor no me retira su promesa.

Del profeta Isaías 1,10.16-20 

 

Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma, escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra: «Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid y litigaremos - dice el Señor-. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, lo sabroso de la tierra comeréis; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor.

 

RESPUESTA A LA PALABRA 

 

La palabra de Isaías se dirige principalmente a los creyentes de Israel
cumplidores de la Ley Dios en las formas,
pero muy alejados de vivir según la voluntad del “Dios de Ley”.

El cumplimiento de la Ley del Señor
pasa por la justicia y la misericordia. 

Dios quiere la sinceridad y la bondad del corazón.
Por ello exhorta a su Pueblo a volver al camino recto,
que no es otro que el del amor al prójimo:
“Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones.
Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien;
buscad el derecho, enderezad al oprimido;
defended al huérfano, proteged a la viuda”. 

Llegado el momento, Jesús dirá a quienes le escuchan:
“No todo el que diga ‘Señor’, ‘Señor’,
entrará en el reino de los cielos,
sino el que cumple la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21).

Y en otro lugar recuerda a los fariseos
que deben aprender lo de supone:
“Quiero misericordia y no sacrificios” (9,13). 

El amor a Dios tiene como reverso el amor a los hermanos,
de manera que cuando éste falta, el otro no es auténtico. 

La llamada a la conversión arranca
del mismo amor de Dios a su Pueblo.
Su misericordia es tal que no hay culpa
que no pueda ser reparada.
Por ello insiste en que no pierdan la confianza y
vuelvan a Él pues,
“aunque sus pecados sean como púrpura,
blanquearán como nieve;
aunque sean rojos como escarlata,
quedarán como lana”. 

Qué asombro produce cuando se contempla
esta realidad como algo propio.
El Señor en su amor no me retira su promesa.
Él sigue siendo fiel aunque yo lo abandone.
Él sigue manifestándome su amor
en esa continua llamada avolver.
Me llama, no porque le disguste como soy,
sino porque me ama y desea que yo también ame como Él. 



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