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28 Junio
2008
escrito por Alfonso

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Lectura del santo evangelio según san Mateo 8, 5-17

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: -«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho. » Jesús le contestó: -«Voy -yo a curarlo. » Pero el centurión le replicó: -«Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le dijo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.» Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: -«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Y al centurión le dijo: -«Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.» Y en aquel momento se puso bueno el criado. Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirles. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.» 

 

RESPUESTA A LA PALABRA 

 

En el evangelio de ayer, san Mateo nos presentaba la fe de un hombre de Israel marginado por la impureza que suponía ser leproso y al que Jesús reintegra a la vida normal “porque quiere”. Alguien impuro a quien “no le asiste el derecho” de acercarse a otro que es puro, alcanza de éste, “sin tener obligación de hacerlo” la curación y con ella, la pureza legal. 

Son, la libertad confiada de los dos y el sentido de la gracia concebida como forma de vida, los que posibilitan el encuentro sanador que el evangelio nos presenta. 

El texto de hoy avanza más aún y nos presenta a un hombre impuro, no por circunstancias de una enfermedad, sino por su origen pagano. Alguien lejano al Señor por su estatus cultural, político y religioso. Un hombre que, careciendo de una base sociológica y religiosa para creer, ha desarrollado una confianza en el Señor que supera cualquier expectativa.

Vuelvo al principio de realismo que comentaba ayer. Este Romano conoce su situación real con relación a él mismo, a su criado enfermo y a Jesús. Él no puede hacer nada por su criado, sino interceder ante quien le puede curar. Ese alguien que le puede curar no puede acercarse al enfermo, no puede entrar en su casa porque incurriría en impureza por tratarse de la casa de un pagano.

La confianza del Romano en Jesús es absoluta. Al deseo de Jesús de entrar en su casa y corresponder así a la confianza que le está demostrando, el Centurión responde, para no comprometerlo más allá de lo necesario: -«Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le dijo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.». 

La alabanza de Jesús cierra el episodio. Un corazón orientado al suyo y en el que la confianza es ilimitada, es un corazón capaz de recibir cualquier gracia.

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